Fui a ver Michael, que no versa sobre la mayor estrella pop de todos los tiempos sino sobre su padre, un minucioso explotador infantil llamado Joseph Jackson. La película dedica la mayor parte de su metraje a insistir en la vesánica codicia de Joseph, que al parecer no engendró cinco hijos sino una empresa a la que llamó The Jackson 5. La reducida porción de fotogramas que no protagoniza Joseph martirizando a sus hijos la ocupan los bailes de Michael, que es la decisión más sabia y menos arriesgada que puede tomar un director de cine. El biopic termina prometiendo una segunda parte, y tenemos derecho a sospechar que ese sí tratará al fin sobre Michael Jackson.
Yo sé que la democratización de la crítica ha persuadido al personal de la congruencia de opinar sobre aquello que no trata un autor -aquí, por ejemplo, el asunto de la pedofilia-, pero yo aún soy partidario de opinar sobre lo que sí trata. Y el tema de esta obra no es otro que la estrecha relación entre la severidad y el genio. Por eso no me parece mal que el padre usurpe el lugar del hijo en una película que lleva el nombre del segundo: el director nos estaría queriendo decir que ciertas carreras artísticas deben más a la influencia brutal del educador que a la espontánea manifestación del talento propio. O por ser más exacto: a la conjunción de ambas.
El paradigma se repite a lo largo de la historia cultural. El padre de Michael Jackson. El padre de las hermanas Williams, que también mereció un reciente biopic justiciero, aunque algo más matizado que este. El padre de Luis Miguel. El padre incluso de Wolfgang Amadeus, si nos ponemos así. Incluso cuando no hay padre despótico de por medio, directores de talento como el de Whiplash nos advierten del pacto fáustico que acaba firmando todo verdadero artista, condenado a sacrificar la felicidad en el altar de la excelencia. En su mejor expresión, el arte es una disciplina incompatible con la vida.